lunes, 8 de mayo de 2017


Un domingo familiar, unas fotos para el recuerdo y una panorámica precisa en el momento mas inoportuno...


LA FOTO PANORÁMICA 



Era un domingazo familiar después de una semana pesada en la vinatería y exámenes escolares de los niños, todos los integrantes merecíamos un descanso. Estábamos visitando las ruinas arqueológicas del Templo Mayor, a un lado del zócalo. Era nuestra penúltima parada del día, solo faltaba la comida del bufet chino. La familia era numerosa y corpulenta, por lo que necesitábamos mucha comida y barata.

   Mi hija me pidió le tomara una foto a toda la familia frente a la catedral, y para no alejarme tanto de ellos y que cupieran todos en la lente, decidí usar la panorámica. Tomé la imagen y después fuimos al buffet. Mi cuñado me pidió la cámara para revisar las fotos del día. Sonreía y se divertía viendo las caras y gestos de toda nuestra tribu.

   — Mira, en la panorámica frente a la catedral—me dijo dejando su galleta de la suerte y ampliando la imagen—, hay un restaurante hasta arriba, en el edificio de atrás de la catedral.

   Vi que amplió más la imagen y se acercó a mí. Se puso nervioso y volteó a ver a nuestra familia que estaban sirviéndose otra ronda de comida. Nos habían dejado solos en la mesa.

   — ¿Qué es esto? —me dijo mostrándome la cámara—. Mira que pedo.

   Observé la imagen de la panorámica, la pantalla estaba ampliada y situada en el restaurante del edificio; gracias a la resolución del aparato, la imagen se mostraba nítida: sobre el restaurante, estaban unas personas de blanco (quizá los meseros), sobre otras personas… ¿Pegándoles? 








   — Esos de blanco deben de ser los meseros —le dije—, pero ¿qué hacen sobre las otras personas?

   — Pues no creo que estén bailando. Ampliando más la imagen se pixelea, pero a mí me parece que les están pegando.

   — ¿Una pelea en el restaurante?

   — Quizá. Debe haber algo más. —Me dijo mi cuñado viendo como regresaba nuestra tribu con sus platos cargados de chop suey y cerdo agridulce. Mi hijo se quería acercar a nosotros, pero le hice una seña para que no lo hiciera. Mi cuñado siguió rebuscando la imagen, se llevó la mano a la boca y susurrándome me dijo—: Güey, el último de los hombres de blanco está clavándole un cuchillo a una persona.

   — No mames —le dije arrebatándole el cel, amplié la imagen pero se pixeleó, la regresé al punto exacto y corroboré que este canijo tenía razón. El mesero de la esquina estaba en una pose de atacante con un chuchillo, mientras la persona se cubría con ambas manos. Revisé el resto de la foto a detalle, todo parecía una masacre.

   — ¿Qué hacemos? —me dijo— ¿Le llevamos la foto a la policía?

   — No, es un cotorreo levantar denuncia, ni siquiera nos consta, y por una foto ampliada no nos van a creer.

   — Podrían hacer una visita al lugar y…

   — Güey, entonces vamos a las ruinas y vemos como se ve.

   Nos desafanamos del buffet y de nuestros familiares, regresamos al lugar más próximo y con la cámara ampliamos la imagen y tomamos varias fotos. Todo parecía normal: meseros atendiendo y gente comiendo.

   — Vamos a averiguar —le dije.

   — Pero ¿y la family?

   — Avísale a la Bere —le dije mirando hacia el restaurante. Sería bueno que alguien supiera a dónde vamos.

   Mi cuñado le inventó algo a mi hermana y les dijo que acabando de comer se fueran a la zona de la asta bandera a ver a los danzantes. Fuimos hacia el restaurante, para entrar, tuvimos que recorrer toda la plaza de abajo y subir hasta el último piso. El sitio se llamaba: “La terraza del centro”, era un lugar agradable y con decorados muy tradicionales y nice. Contaba con una zona techada y una al aire libre, pedimos una mesa lo más adentro posible. Un mesero vestido todo de blanco, nos recibió y dándonos la bienvenida nos extendió el menú. “En un momento regreso a tomar su orden”, nos dijo y se fue pitando hacia la cocina.

   — ¿Ya viste los precios, cabrón? —me dijo mi cuñado viendo la carta que estaba escrita a mano. Casi nunca he ido a restaurantes, pero nunca había visto menús escritos a mano.

   Buscamos lo más económico y rápido que pudiéramos pedir: café y enchiladas (eso no podía faltar en ningún restaurante, ni en el más lujoso). Estábamos llenos y más comida nos indigestaría, pero necesitábamos tiempo en lo que averiguábamos.

   El restaurante estaba casi vacío, solo un par de mesas estaban ocupadas, una con una familia chica, y la otra con unas alegres comadres platiconas.

   — Voy a ir al baño —le dije a mi cuñado—. Está al lado de la cocina y podré echar una hojeada. Mientras revisa el piso y las mesas, debe haber sangre o muestras de riña, no tiene ni una hora que tomamos esa foto.

   Mi cuñado asintió y me dirigí lo más lento que pude hacia el baño. Me quedé un momento viendo hacia la entrada de la cocina y todo parecía normal: cocineros preparando las ordenes y meseros entrando y saliendo.

   — ¿Todo bien, míster? —me preguntó alguien a mi costado.

   Era un mesero con una media sonrisa que estaba a mi lado sosteniendo una charola con trastos sucios.

   — Si, gracias, ya tomaron mi orden, solo iba al baño. ¿Es este? —le señalé lo obvio. El mesero asintió y se metió en la cocina.

   Busqué en los baños y todo parecía normal. Regresé y la comida ya estaba servida.

   — Sí que son rápidos. No he encontrado nada raro. ¿Y a ti como te fue?

   — Creo que tantas chelas nos ha afectado —me dijo mi cuñado sorbiendo su café—. Aquí no hay nada para el puto desmadre que se veía en la panorámica. Estás de acuerdo que no lo iban a limpiar en media hora, y menos tener a nuevos comensales que van ya en el postre —señaló hacia la mesa de la familia que estaban comiéndose sus gelatinas.

   Los miré y asentí, tenía razón.

   — ¿Y la foto qué?

   Saqué la cámara y puse la imagen, la revisé y la comparé con el sitio. En definitiva, era el mismo lugar. Ubiqué el sitio exacto del asesinato en el espacio real. Me levanté un momento hacia los ventanales como un turista disfrutando el paisaje, todo estaba limpio y en orden. No tenía caso seguir ahí, pedí la cuenta.

   Un señor vestido de blanco que llevaba un chaleco rojo se acercó, tenía un bigote alargado y enrollado a los lados que le adornaba su cara rellena. Nos sonrió y puso la charola en la mesa con la cuenta.

  — Buenas tardes, soy el capitán y me gustaría hacerles unas preguntas de control de calidad.

   Solo quería largarme de ahí lo más pronto posible.

   — Adelante —le dije.

   — ¿Ha habido algún problema con sus platillos? —nos dijo señalándolos—. A penas los han probado.

   Miré los platos casi llenos y solté lo primero que se me ocurrió:

   — Hemos recibido una llamada urgente, pediremos nuestra comida para llevar.

   — Muy bien. ¿Cómo se han enterado de nosotros? Siempre es importante para “La terraza del centro” conocer a nuevos clientes.

   — Este… —balbuceó mi cuñado—. En realidad un amigo nos recomendó el sitio, él ya ha venido aquí.

   — ¡Oh! Sería un honor nos diera el nombre de su amigo —argumentó el capitán con una sonrisa de oreja a oreja—. Llevamos una bitácora de nuestros comensales y les otorgamos una comida gratis por cada recomendación exitosa.

   — Bueno, será más adelante —le dije—, tenemos prisa. —Vi la cuenta y saqué con todo el dolor de mi alma $400, el chiste había salido caro—. Gracias, nos vamos.

   Nos disponíamos a irnos, pero en la puerta de salida se habían amontonado los meseros y las personas que estaban comiendo. La tenían bloqueada y al parecer no estaban dispuestos a dejarnos ir.

   — Sucede que ustedes son unos mentirosos —contestó el capitán acercándose con una hoja grande, me la acercó y pude ver que era una foto, de esas antiguas que ya solo se veían en las exposiciones de los museos. Miramos la foto, había sido tomada desde este sitio y tal parecía que al mismo tiempo que nosotros habíamos tomado la nuestra, la imagen no era tan nítida como en la digital ni había zoom para verificar, pero si se distinguía a nuestra family en las ruinas.

   — Permítame su cámara, míster —me dijo muy amablemente el capitán, tanto que su tono y las caras de pocos amigos de todos los que bloqueaban la entrada, me hicieron dársela como niño obediente. Rebuscó en mis fotos y con su misma sonrisa, nos dijo —: Tomaron el momento exacto de nuestra coalición. Son unos barbaros.

   Se sentó con un gusto exquisito, y uno a uno fue enseñando entre su equipo la panorámica. Parecía que les enseñaba una nueva maravilla del mundo.

   — Sois unos jodidos afortunados. —Enrolló sus bigotes con sus dedos y siguió diciéndome—: Si no mal recuerdo, son los únicos que han podido plasmar la coalición en una foto.

   — ¿La coalición?

   — Claro, así se llama a nuestra obra de teatro.

   Puta madre, ¿todo esto era una obra de teatro? Suspiré aliviado, aunque no me tragaba el cuento bien, quería irme.

   — Sí que han desmantelado rápido todo.

   — Nuestra obra de teatro es magnífica, míster. No se da tan fácilmente y solo la hacemos de vez en cuando. Cuando no hay clientes ni nadie que nos interrumpa. —Hizo una pausa al ver como volteaba a ver a los supuestos comensales que seguían bloqueando la salida. Soltó una carcajada—. ¿Se imaginan ochenta años atendiendo a los mismos clientes? Que aburrido.

   Todo el personal del restaurante soltó la carcajada.

   — A ver señores, demasiadas mamadas por el día de hoy —dijo mi cuñado, cuando se enojaba, se enojaba—. ¡O nos dejan salir o le hablamos a la policía!

   — Carlos Miralde —dijo el capitán enseñándonos su gafete, su rostro se estaba transformando—. Hágame usted el favor de denunciarme. Eso sí, si me encuentran culpable —añadió con tono serio—, que desentierren mi cadáver para llevarme a prisión.

   Soltó una risotada hueca, su cara había cambiado, ya no era la regordeta de hace unos minutos, ahora era un cráneo con los bigotes alargados. Volteé aterrado hacia el resto de los meseros y comensales, todos eran esqueletos sostenidos por ropas.

   Mi cuñado, desesperado, empujó a dos de ellos, abrió la puerta y salimos pitando de ahí. Como pudimos bajamos las escaleras y en el siguiente piso nos detuvo un policía.

   — Señores, no pueden estar arriba. Este es el último piso, arriba no hay nada que ver.

   — Pero “La terraza del centro” —le dije—. Estábamos ahí.

   — Por dios, señores, ya están ustedes muy grandecitos para hacer de investigadores. Ese restaurante tiene años que cerró desde la masacre de los comensales. Ahora el único restaurante de este edificio es este —señaló hacia una puerta—. Se llama el “Mirador” y fue el que sustituyó al otro.

   Sobre una de las paredes estaba una foto en blanco y negro con una veintena de personas. En medio de ellos reconocí al capitán y a un par de meseros. En el marco del cuadro, decía: “Carlos Miralde y su equipo de trabajo de la Terraza del Centro. 1937”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario